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Caso Enron: resumen de la mayor estafa en Estados Unidos

A mediados de 2001, la revista “Fortune” estimó que Enron era el séptimo grupo empresarial de mayor valor de los Estados Unidos. Reflejaba, de esa manera, el acelerado crecimiento experimentado en sólo quince años por una pequeña empresa de gas de Texas. Sin embargo, poco después, se descubrió que todo era producto de hábiles maniobras de ingeniería contable, cuando no directamente del ocultamiento de determinados resultados. Así, a finales de ese mismo año, Enron desvelaba deudas por más de treinta mil millones de dólares (23.000 mil millones de euros, aproximadamente) que depreciaron sus acciones al mínimo y supuso el despido de 21.000 personas en todo el mundo.

La fusión en julio de 1985 de las empresas Houston Natural Gas e InterNorth fue el origen de Enron, una compañía dedicada al suministro de gas. Sus directivos Kenneth Lay y Jeffrey Skilling, emprendieron un ambicioso plan de diversificación del negocio que, en un primer momento, convirtió a Enron en suministradora de agua. No obstante, en poco tiempo, Enron se había convertido en una plataforma de múltiples servicios, entre cuyos productos se encontraban, por ejemplo, la venta de anchos de banda de Telecom. Lay y Skilling transformaron la comercialización de productos energéticos a consumidores y empresas como mercancías que podían ser compradas, almacenadas y vendidas de la misma forma que se hace con las acciones o los bonos.

Enron se convirtió en un gran intermediario en el mercado energético multinacional, pues emprendió diferentes negocios en América Latina y Reino Unido. Las ventas llegaron a superar los cien billones de dólares, estableciendo, además, una política laboral ciertamente ventajosa para sus empleados, pues prácticamente el sesenta por ciento de los mismos percibía una bonificación anual en opciones. Así, a finales del año 2000, los administradores y empleados de Enron tenían opciones sobre 47 millones de acciones.
No obstante, la posición de Enron se sostenía gracias a la decisión de sus directivos de afrontar grandes riesgos financieros. Muchas de sus operaciones comerciales se asentaban sobre transacciones comerciales complejas asociadas a posibles futuros negocios.

Paralelamente, Enron estableció lazos con el mundo político. Así, realizó numerosas donaciones a diferentes políticos que llegaron a alcanzar los seis millones de dólares, apoyando la campaña presidencial de George W. Bush. Cuando éste alcanzó la Casa Blanca, nombró a Kenneth Lay, presidente de Enron, como asesor energético del gobierno. Desde dicha posición, estableció las directrices que permitieron al vicepresidente Dick Cheney elaborar el plan energético del gobierno.

En octubre de 2001, tan sólo dos semanas después de que Lay asegurara a sus empleados que las previsiones de resultados eran muy buenas y de que las acciones de Enron alcanzaran su precio máximo (90,56 dólares por acción), siendo calificada por Lay como “una ganga”, la SEC (Comisión del Mercado de Valores americana) inició investigaciones sobre la compañía por posibles irregularidades. El balance de ese trimestre descubrió numerosas irregularidades contables y un enorme “agujero negro” que situaba a la empresa al borde de la ruina.

Las investigaciones llevaron a los directivos a reconocer que habían inflado las cuentas y manipulado la información facilitada a los auditores de Arthur Andersen. Incluso, se sospechó de la complicidad de los auditores, pues Arthur Andersen admitió haber destruido numerosos documentos de la empresa, lo que conlleva la desaparición de la firma auditora. Entre otras cuestiones, se habían excluido de las cuentas de Enron los balances de tres sociedades que recogían grandes pasivos, además de descubrir que empresas filiales (Chewco, LJM1 o JEDI) no cumplían con los requisitos contables necesarios como para consolidar sus balances.

El reconocimiento de las pérdidas rebajó el valor de las acciones a apenas unos centavos. Los empleados y los 4.500 jubilados de la empresa vieron cómo las acciones en las que habían depositado sus ahorros y fondos de pensiones se depreciaban sin poder vender tal y como prohíbe la ley sobre fondos de pensiones. No obstante, los principales ejecutivos de Enron habían vendido sus acciones antes de iniciarse la crisis, consiguiendo más de mil millones de dólares.

Los directivos Skilling y Lay fueron acusados de fraude, conspiración, mentir a auditores y manejar inapropiadamente información confidencial.